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criticamedicina

Un buen lugar medico en la web

La web tiene mucha basura disfrazada de belleza.

Las páginas médicas son reproductoras del pensamiento hegemónico capitalista avanzado del Primer Mundo.

Toda su mirada evidente y actitud mercantil trata de convencernos de su eficacia médica.

Hay islas llenas de trabajo, creatividad y dignidad.

Y el colega y gran tipo Dr. Achutti es un hermoso ejemplo a imitar y superar.

 

Los invito a los que carecen de estrechez mental a recorrerla y a colaborar con ella.

 

www.achutti.dynip.com

http://amicor.blogspot.com

 

La dignidad del artista popular

Carta del guitarrista tucumano, Juan Falú

Enviado: noviembre 08, 2005

Acerca del premio que le fuera otorgado por la Fundación Konex. Reproducimos el texto por considerarlo casi un manifiesto cerca de algunos aspectos de la llamada cultura popular.

Dr. Luis Ovsejevich
Presidente Fundación Konex
Hace aproximadamente un par de meses le envié un correo manifestándole satisfacción y honra por haber sido distinguido con el Premio Konex junto a Liliana Herrero en la categoría Grupo Folklórico.
Transcurrido este tiempo he reflexionado sobre esta distinción, en lo que a mi se refiere, y deseo compartir con usted algunas ideas, conciente de que el espíritu crítico alimenta al pensamiento y a la creatividad.
Quisiera entender los criterios del Gran Jurado para premiarme en la categoria Grupo Folklórico de « la década » 1995-2005, cuando en realidad durante esa década y tres décadas anteriores más, vengo siendo un solista empedernido.
Haciendo la salvedad de que mantengo en altísima estima el trabajo realizado junto a Liliana Herrero, y de que me anima mucho más la reflexión que una reivindicación personal, sigo.
Recuerdo muy bien que en los años 60’ y 70, antes de una suerte de descaracterización de la cultura nacional –tema que bien merece reflexiones aparte y profundas-, en los populares y queridos festivales de folklore que se alimentaban más de delegaciones provinciales que de artistas famosos, la categoría de « solista » era tan respetada y protegida que aquellos que teníamos la honra de cualquier distinción en la misma, éramos respetados y protegidos.
No era para menos. El solista –sobre todo de folklore- constituyó una contundente entidad en la historia del arte nacional.
Los emblemas: Atahualpa Yupanqui y Eduardo Falú.
Sobran las palabras, aunque vale la pena recordar algunos de sus significados. Representaron, en su soledad, una síntesis del arte colectivo, de la memoria del pueblo, de sus canciones, sus sonidos, su palabra.
La soledad del solista era tan grande y llenadora del espacio escénico y del alma popular, que concentraba en ese estar sobriamente solo, una de las experiencias mas dignas que se recuerden de la estética nacional.
Portadores de una cosmovisión argentina y universal del arte, los solistas nos demostraban que el todo es más que la suma de las partes: al mismo tiempo compositores, intérpretes, decidores, arregladores, forjaron una estilística típicamente argentina, que logró aplausos unánimes por el mundo y que pareciera correr peligro de extinción bajo los criterios de hoy.
Un gran ejemplo de este peligro es Cosquín, pues su escenario tiene el nombre del arquetipo del solista, pero hace años que por allí el solista ha perdido presencia.
Desde la misa que significaba un recital de Atahualpa Yupanqui, Eduardo Falú, Carlos Di Fulvio, Jorge Cafrune o Suma Paz, a la histeria fervorosa que suscitan los actuales protagonistas de Cosquín en comunicación con un público al que no debiéramos coartarle la posibilidad de « volver a misa » y en sintonía con promotores del espectáculo que lucran con tal histeria, se nota patéticamente el estrago de la cultura nacional en las últimas décadas.
¿Qué categoría de solista reivindica el Gran Jurado Konex cuando elige los solistas de la década?
Por supuesto, jamás caeré en la necedad de cuestionar jurado y premio por no haber resultado premiado, pero debo señalarle que aparecen nominados como solistas grandes artistas que suelen presentarse en o como grupos y, vaya paradoja, a un solista como el suscripto se lo distingue en la categoría « grupo folklórico ».
No puedo dejar de experimentar una sensación de que amontonaron músicos y categorías, ni de ver a éstas relativizadas como si de lo que se tratase fuese premiar a 100 artistas de la década, « caigan donde caigan ». Así, podría señalarle que nominan como compositores a artistas más inspirados en la interpretación que en la composición. Sin ser cazador, pienso que no siempre que se dispara al bulto se cobran las mejores presas.
Debo decirle que, atento a mis reflexiones, ser premiado como « grupo » tiene una carga tal de ironía y –porqué no, de injusticia- que sería mas cómodo sobrellevar la situación de no figurar en premio alguno.
Ya me imagino yo mismo como jurado –que lo fui y de innúmeros concursos- seleccionar una juntada esporádica del tipo de la de Eduardo Lagos con Jaime Torres como grupo de una década, despreciando, por esa misma elección, la inmensa figura de cada uno de ellos como solistas.
En tales condiciones el premio se asemeja al castigo. Y no tome usted esta apreciación en el sentido personal, como si yo mismo fuese el « castigado ». Se asemeja al castigo de la propia categoría, la bien amada del solista.
Hay muchos, muchísimos colegas que merecen reconocimiento en esta categoría y, como podrá imaginarse, la mayoría de ellos pertenecen a las siempre marginadas provincias argentinas.
Son los solistas que ahora pasaron a estar solos pero sin escenario y sin premios, olvidados como sus propias tierras.
Sinceramente lamento que el Gran Jurado de un premio revestido de seriedad y del que siempre esperamos una función de contrapeso a las frecuentes idioteces del espectáculo nacional, se olvide de algunos solistas como Oscar Alem, Miguel Martínez (y si fueron distinguidos anteriormente, pido disculpas por la apreciación), de grupos como Rudi y Nini Flores o trayectorias como las de Ramón Navarro. Y qué podríamos decir de los olvidos del Pato Gentilini, Rolando Valladares, Pepe Núñez, Hermanos Núñez y tantos más que no son portadores de fama local pero andan dando clase por el mundo como Jorge Cardoso, Ricardo Moyano, Tata Cedrón o Mosalini. Y qué de lois que se fueron siendo auténticos protagonistas de la década en cuestión, como Oscar Cardozo Ocampo, Chacho Muller o Mamadera Aragón.
La lista del olvido es larga, incluyendo a compositores como Jorge Marziali, Carlos Marrodán, Ramón Ayala, Coqui Ortiz ; guitarristas como Carlos Moscardini, Quique Sinesi o Ernesto Méndez (que, vaya casualidad, tocan más bien « lento »), pianistas como Lilian Saba y Nora Sarmoria, percusionistas forjadores de escuelas, arregladores como Roberto Calvo y tantos que uno no conoce porque adquirir el conocimiento o recuperar la memoria no fueron nunca tareas de uno solo, sino más bien una construcción colectiva como, por ejemplo, la que podrían garantizar una institución o un jurado.
Verá fácilmente que usted mismo ha de desconocer muchos de estos nombres. No es su culpa, pero es desconocimiento. La lógica indicaría que usted, por ejemplo, no podría ser jurado Konex y que un jurado Konex no debería ser un « desconocedor ».-
Hay en estos tiempos una pésima moda de la sensibilidad que la lleva al terreno del mal gusto: determinar como « mejor » a aquel que ocupa más espacio mediático o complementa su arte con recursos paralelos como la construcción de un personaje (lo que, por otra parte, abre espacios mediaticos). No digo con esto que mis colegas nominados o que el Gran Jurado de los Konex incurran en este terreno, pero lo señalo porque esa es la única explicación de que, en estos tiempos, muchos de los mas talentosos artistas nacionales sean marginados de la mayoría de los premios en boga, por el solo hecho de portar sobriedad.
Tambien lo señalo porque debería ser condición de todo jurado el conocimiento más pleno posible de lo que se hace en esta tierra, independientemente de la propaganda que merezca ese quehacer. Si hasta pareciera que en la conformación de los jurados de casi todos los premios vigentes, obrara la compulsión de integrarlo con artistas también mediáticos ; y todos sabemos que se puede ser mediático y apto, pero el solo carácter mediático no es garantía de solvencia, menos en estos tiempos.
Finalmente, ya que reparé en premios a ciclos o eventos como el dignísimo Jazzología, le recuerdo a usted, a Konex y al Gran Jurado que, justamente durante la década considerada, cumplió once años el mayor encuentro de guitarras del mundo.
Me refiero a Guitarras del Mundo, por respeto a los casi 200.000 amantes de la guitarra y los miles de guitarristas que la honraron en la década, escuchándola o tocándola. Soy optimista y creo que en el 2015 Guitarras del Mundo estará de pié, como para ser tenido en cuenta por el Gran Jurado del futuro si, con diez años de plazo, aprendemos tal vez a valorar lo que se hace desde las entrañas de un país que muchas veces no miramos.
En fin, lo que quiero decirle es que no me honra estar incluído en el « disparo al bulto de los 100 », que solamente acepto la mención Konex como « grupo folklórico » por respeto al trabajo realizado junto a Liliana Herrero, y que me va a resultar sumamente contradictorio asistir a los actos a que fuí invitado.
Voy a ejercer una militante ausencia en solidaridad con los solistas que, pese a todo, no estamos solos.
Atentamente
Juan Falú, 2 de septiembre de 2005

La cumbre de los pueblos de Mar del Plata

Desde esta III Cumbre de los Pueblos de América declaramos:

1) Las negociaciones para crear un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) deben ser SUSPENDIDAS INMEDIATA Y DEFINITIVAMENTE, lo mismo que todo tratado de libre comercio bilateral o regional. Asumimos la resistencia de los pueblos andinos y de Costa Rica contra el Tratado de Libre Comercio, la de los pueblos del Caribe porque los EPAS no signifiquen una nueva era de colonialismo disfrazado y la lucha de los pueblos de América del Norte, Chile y Centroamérica por echar atrás los tratados de esta naturaleza que ya pesan sobre ellos.

2) Todo acuerdo entre las naciones debe partir de principios basados en el respeto de los derechos humanos, la dimension social, el respeto a la soberania, la complementariedad, la cooperación, la solidaridad, la consideración de las asimetrías económicas favoreciendo a los países menos desarrollados.

3) No empenamos en favorecer e impulsar procesos alternativos de integración regional. Como la Alternativa Boliviariana de las Americas (ALBA).

4) Asumimos las conclusiones y las acciones nacidas en los foros, talleres, encuentros de esta Cumbre y nos comprometemos a seguir profundizando nuestro proceso de construccion de alternativas

5) Hay que anular toda la deuda externa ilegitima, injusta e impagable del Sur, de manera inmediata y sin condiciones. Nos asumimos como acredores para cobrar la deuda social, ecologica e historica con nuestros pueblos.

6) Asumimos la lucha de nuestros pueblos por la distribución equitativa de la riqueza, con trabajo digno y justicia social, para erradicar la pobreza, el desempleo y la exclusión social.

7) Acordamos promover la diversificación de la producción, la protección de las semillas criollas patrimonio de la humanidad, la soberania alimentaria de los pueblos, la agricultura sostenible y una reforma agraria integral.

8) Rechazamos enérgicamente la militarizacion del continente promovida por el imperio del norte. Denunciamos la doctrina de la llamada cooperación para la seguridad hemisférica como un mecanismo para la represión de las luchas populares. Rechazamos la presencia de tropas de Estados Unidos en nuestro continente, no queremos bases ni enclaves militares. Condenamos el terrorismo de Estado Mundial de la Administración Bush que pretende regar de sangre las legitimas rebeldías de nuestros pueblos.

9) Condenamos la inmoralidad del gobierno de Estados Unidos, que mientras habla de luchar contra el terrorismo protege al terrorista Posada Carriles y mantiene en la cárcel a cinco luchadores patriotas cubanos. Exigimos su inmediata libertad!

10) Repudiamos la presencia en estas dignas tierras latinoamericanas de George W. Bush, principal promotor de la guerra en el mundo y cabecilla del credo neoliberal que afecta incluso los intereses de su propio pueblo. Desde aquí mandamos un mensaje de solidaridad a los hombres y mujeres estadounidenses dignos que sienten vergüenza por tener un gobierno condenado por la humanidad y lo resisten contra viento y marea.

Después de Québec construimos una gran campana y consulta popular continentales contra el ALCA y logramos frenarla. Hoy, ante la pretensión de revivir las negociaciones del ALCA y sumarle los objetivos militaristas de Estados Unidos, en esta III Cumbre de los Pueblos de America asumimos el compromiso de redoblar nuestra resistencia, fortalecer nuestra unidad en la diversidad y convocar a una nueva y mas grande movilización continental para enterrar el ALCA para siempre y construir al mismo tiempo bajo su impulso nuestra alternativa de una America justa, libre y solidaria.

Mar del Plata, Argentina, a 4 de noviembre del 2005

La teoria del caos es el hospital : apuntes clínicos

El hospital es la potencia del caos ( lo que puede en acto)

Apuntes de ontología de una arquitectura médica caótica

 

  • 1): ¿ Cómo definimos el ser de las cosas?
  • Por lo que pueden en acto: la potencia, cuantificable en una escala intensiva.

Dice Gilles Deleuze desde Baruj Espinosa.

El hospital es la arquitectura del caos por presentar y perpetuar varias cualidades:

Aislamiento, separación, fragmentación de sus partes.

Diversidades con similitudes.

Estancamiento, rigidez, repetición.

Burocracia.

Institucionalizar el poder médico en compartimentos con problemas de comunicación y aprendizaje.

Con una sistemática funcional "loca": paranoica, esquizo, maníaca, aglutinada, etc.

 

Presenta en su cuerpo y sistema de funcionamiento, la representación de las enfermedades crónicas orgánicas y mentales.

Muchos problemas de comunicación: lleno de ruidos y malentendidos entre sus partes que están cercanas pero alejadas entre sí.

Cada pedazo es un territorio de políticas corporales que no intercambia su producción con el otro.

Hay mediocridad revestida de soberbia.

Todo es privado... del acceso del Otro que es su vecino.

Primera proposición:

La suerte, el destino temporo- espacial- histórico de un paciente cambia según donde está, en qué cuarto o sala médica lo depositaron.

El lugar dispone del destino de sus habitantes temporarios: pacientes y médicos.

Si su cama es cardiológica, la mirada y las intervenciones difieren de las otras posibles, por ejemplo, clínica médica, endocrinología, neurología u otras.

El servicio de cardio es un territorio institucional jerarquico.

Los jefes seleccionan el discurso de sus huespedes.

Electrofisiología o enfermedad coronaria dominan la escena.

Hegemonizan los pensamientos y prácticas.

Se mira al paciente desde esos ojos clínicos.

El negocio de la medicina especializada busca los pacientes que necesita encontrar.

Modas o paradigmas rentables apura la caza de pacientes.

Publicar trabajos para competir en el mercado médico y estar altos en le raiting de las empresas proveedoras de estímulos financieros o subsidios de diversos tipos.

Llenar las salas de casos de protocolos de intervenciones farmacológicas de tal o cual corporación industrial internacional y su subsidiaria local.

Colocar herramientas tecnológicas que dejan beneficios a la organización institucional.

Tal marcapasos, tal stent, ...etc, etc.

El servicio debe publicar varios trabajos científicos para mantenerse en la cumbre cardiológica nacional y competir con los otros lugares.

Los jefes deben justificar así su excelencia intelectual y productiva ante la comunidad médica.

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Cada paciente es medicalizado de manera diferente en relación a dónde está internado o asistido.

El lugar y su personal condiciona su futuro.

Cada servicio trata de cumplir con sus dogmas científicos.

Los clínicos buscarán infecciones o inflamaciones, trastornos de los fluidos.

Llenarán esos cuerpos con imágenes y números.

Radiografías, ecografías, estudios tomográficos, resonancias, cámaras gammas visualizarán esos cuerpos y el ojo dogmático decidirá.

Consultas con los otros a manera de preguntas cuya respuesta incide de manera variable sobre el receptor.

Hay dudas que tiene que ver con la desconfianza, el desconocimiento del Otro que efectúa la respuesta.

Con diversos prejuicios que lo encasillan y estereotipan.

 

Hay una relación dialéctica de tensión entre la planta y la residencia, en general.

Viejos y jóvenes compiten por el poder del saber.

No por el bienestar del paciente.

Hay una lucha narcisista importante y de intensidad variable.

 

Continua....

Antitabaco y el ALCA por el Dr.Colominas

El “Convenio Marco” y...  el ALCA?
 
El 21 de Mayo de 2003 la OMS, en la 56° Asamblea Mundial de la Salud, promulgó por unanimidad  el Convenio Marco para el control del Tabaco (CMCT, http://www.dejohoydefumar.gov.ar/Convenio.pdf), una iniciativa que pretende combatir el tabaquismo en el mundo sin afectar (obviamente) al capital de la industria tabacalera. 91 países lo suscribieron en el momento y la por entonces novel administración K  lo hizo recién  en Septiembre de 2003. El 8 de noviembre/05 vence el plazo para su ratificación y entrada en vigor  -tarea del Parlamento-  y hasta el momento no hay señales de que esto vaya  a ocurrir.
 Argentina perdería un lugar clave en la lucha mundial contra el tabaco” (Clarín, 04/11/05). “Argentina no podrá votar en la primer Conferencia de las Partes que se hará en febrero en Ginebra. Si se determinase cualquier tipo de ayuda para implementar el convenio, el país no podrá negociar —por ejemplo— la obtención de fondos para que la industria tabacalera se diversifique en otros cultivos". Tendrá inconveniente en implementar subsidios nuevos a la burguesía agraria del tabaco.
 
En el Senado se clarifican las posiciones de los “representantes  de las provincias” : El Senador por Salta (PJ) López Arias afirmó “No estoy de acuerdo con que se ratifique el convenio hasta tanto no haya seguridad de que la producción tabacalera quede resguardada. Hasta ahora, no hay otra actividad que pueda sustituirla y se perderían empleos". Aceptó que "son empleos precarios, pero es mejor que nada". Claro está que no le preocupan los empleos y mucho menos, que sean precarios. El hombre habla por boca de otra gente, no por los explotados obreros rurales. El jujeño (UCR) Morales sostuvo que había que seguir el ejemplo de "los países inteligentes de la Tierra, en particular, aquellos que son grandes productores de tabaco, los Estados Unidos, China, Brasil" que no habían adherido. Sin embargo, Brasil (el mayor productor sudamericano, pero no el mayor consumidor)  y China han ratificado el convenio.

La UATA (Unión antitabáquica Argentina) los desmiente, bien que con una quimera basada en el CMCT :"El Convenio establece una reconversión paulatina del cultivo de tabaco. No se perderán empleos en tanto la gente se ocupará en otros cultivos. Además, se deja de lado que la gente que trabaja en el cultivo de tabaco vive miserablemente y su salud queda afectada por los agrotóxicos. Por lo cual, ¿qué se está defendiendo?".

La razón de éstas posiciones es clara: la prevalencia del consumo de tabaco habría bajado desde el 40 por ciento de la población en el año 1999 al 32,7 por ciento en el año 2004.  En el país de mayor consumo de Sudamérica esto implica una disminución considerable de las ganancias de las tabacaleras trasnacionales y de los terratenientes productores de las provincias del norte.
A la Philip Morris hay que darle un respiro y posibilidades de reconstituir éste a través de la incorporación de nuevas marcas y presentaciones que reaviven el consumo. Mientras tanto, junto con la industria mundial, irán viendo cómo reconvierten la plusvalía devenida de la manufactura a otros rubros entre los cuales podría estar la producción de drogas...  antitabáquicas.
Ésta posible estrategia podría inscribirse  en el contexto de los objetivos de la introducción del ALCA, al cuál la administración kirchnerista y su mentor continental, Chavez (con fallidos incluidos: “enterraremos el ALBA”), dicen resistir. -
 
Marcelo G. Colominas
Médico
Resistencia - Chaco

Fascistas de izquierda: los barbaros callejeros

La barbarie de los fascistas de izquierda
Ayer una minoría agresiva  intentó acaparar la atención política con sus métodos violentos.
Fue a provocar a la policía que cuidaba la Cumbre de presidentes con un vallado.
Varios jóvenes de izquierda fueron a pelear contra la policía, confundiéndola como responsable de lo que el sistema capitalista crea.
Y rompieron todo lo que pudieron:
Las calles violentas fueron el escenario de este combate entre patotas supuestamente de izquierda, representantes del socialismo y el brazo armado de la política que custodiaba a los presidentes americanos, elegidos por sus pueblos.
Titanes en un ring estatal, destruyendo negocios, arrasando las casas y bancos.
Acapararon la mirada del mundo, distrayéndolo de lo que la Tercera Cumbre de los pueblos decidía.
Luego en la Capital Federal, los patoteros de “ Quebracho” y algunos otros de una izquierda que nadie ama, fueron con bombitas de estruendo y molotov y rulemanes a romper unos bancos y casas de hamburguesas.
Como si de esa manera se construye el socialismo real.
¡ Los patoteros no son de izquierda!
Los violentos y destructores no son socialistas ni lo pueden ser.
Son bárbaros.
Son fascistas de izquierda.
Son funcionales al sistema.
Son la mano de obra que los servicios necesitan.
Son los jovencitos de la CIA.
Desde la Tercera Cumbre de los Pueblos:
Mucha gente desde diferentes organizaciones sociales y culturales intenta aportar ideas y herramientas para hacer otra sociedad y Mundo.
Muchos representantes indígenas fueron masacrados por patoteros armados colonialistas.
Muchas madres y padres perdieron hijos por la violencia del sistema político- económico.
Muchos pueblos apretados por el imperio del dinero desean paz y tolerancia para con ellos y sus planes políticos.
En Cuba y en Venezuela estos bárbaros no son progresistas, son agresivos sin discurso.
El trabajo político de mucha gente, el cierre del acto en el estadio con el discurso del presidente  Chavez, portavoz de la Cuba revolucionaria y líder de la lucha antiimperialista, aprendiz de Bolívar y Martí, quedó de lado en los multimedios por estos patoteros rompedores de todo.
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Estos muchachos con otro uniforme son asesinos de la otra vereda.
No nos representan nada.
Crucen de bando.
Estos bizarros del maoismo , del trosquismo, los ex montoneros: no sirven para nada.
Salvo para armar quilombo y atrasar el mínimo avance político progresista logrado por la Cumbre de los pueblos.
 
Estos patoteros son alumnos de lo peor del sistema capitalista.
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Los asesinos sistemáticos son los responsables de este mundo sin justicia ni democracia real para las mayorías y minorías.
Debemos construir alternativas político- culturales de cambio real.
No bastiones clientelistas patoteros.
Crear el hombre y la mujer nueva del CHE, que no son ustedes.

   

 

La curva pornográfica de Christian Ferrer

La curva pornográfica

El sufrimiento sin sentido y la tecnología

Christian Ferrer

 

 

Dolor

Arthur Schopenhauer podría haber condensado sus objetivos filosóficos en estas dos vigas maestras: "verdades implacables" y "máximas curativas". Leerlo, aún hoy, desploma la idea que nos hacemos de la existencia; y las dosis de tonicidad anímica que se destilan de sus enseñanzas no alcanzan a disolver el pesar –o el pavor– comprimido en ellas. En 1820 Schopenhauer dio a conocer un sistema de pensamiento sostenido en la convicción de que la palabra vida es un eufemismo por sufrimiento, y que tal condición es inmutable e ineliminable de la existencia. El dolor puede cambiar de forma, pueden transformarse los contextos que lo estimulan, puede trastocarse la jerarquía de los problemas que se descargan sobre la humanidad, pero el eje doliente que hace rotar los paisajes y eventos que dan forma a una época, y que aguijonea al cuerpo humano, se mantiene en constante vibración. Los deseos, expectativas y proyecciones que animan a la vida cotidiana resultan ser, a fin de cuentas, instrumentos de tortura. Quien codicia objetos, sucesos o personas saca un pasaporte a la frustración, porque la lucha por conseguirlos hace padecer, y una vez acaparados no redimen el sufrimiento. Schopenhauer acepta que el cuerpo también absorbe alegrías y placeres, pero concluye, inflexible, que la densidad de padecimiento es siempre superior a los breves e inciertos goces conseguidos. Y siendo la voluntad encarnada el nudo antropológico fundamental, cualquier intento de desovillarlo a través de mecanismos ajenos a esa encarnación conduce al fracaso, o incluso al agravamiento de la condición sufriente de la especie humana. Sea la acción estatal, o la adhesión a la religión, o la voluntad de transformar al mundo mediante enroques políticos, o la industrialización acelerada, o el suicidio, ningún esfuerzo fructificará. Lo único aconsejable, en su sistema filosófico, es desear lo menos posible; algo imposible, pues la voluntad de vivir es ciega y solo puede pujar en forma radial.

Cuando Schopenhauer publica estas ideas descarnadas en El mundo como voluntad y como representación, la época moderna estaba aún en su infancia. El panorama al que llegaba todo recién nacido era áspero: la revolución industrial y la guerra omnipresente conformaban un juego de pinzas que ponía sitio al cuerpo y lo sometía a pruebas desgastantes. La industria farmacéutica estaba en pañales; no existía un sistema de seguros contra riesgos; no se había descubierto la anestesia ni nada se sabía sobre las virtudes de la asepsia hospitalaria; las operaciones quirúrgicas eran poco menos que batallas campales entre médico y paciente; no había vacunas; tampoco sesiones psicoanalíticas; los servicios higiénicos urbanos eran el sueño de algunos reformadores públicos; en fin, la desprotección del cuerpo era inmensa y la incertidumbre vital enorme. El "tedio vital" se suma a la enumeración. La intemperie, no obstante, era más "natural" y tolerable que en su versión actual. Se dirá que era por entonces inútil imaginar un estado de ánimo amenguado de sufrimiento, ni siquiera teniendo en cuenta las crecientes invenciones técnicas que ya hacían retroceder los palazos que la naturaleza, el desinterés estatal y la fatalidad descargaban sobre el frágil cuerpo humano. A la vez, ahora que han pasado casi doscientos años, los voceros de época insisten en que los avances médicos y asistenciales ya pueden ser descontados de las deudas que la ciencia y la técnica tenían con el dolor colectivo. Pero las miradas arrojadas desde la barandilla de popa del progreso continúan empañadas por prejuicios y expectativas que provienen de un futuro no verificado todavía.

Una curiosa frase de Friedrich Nietzsche, escrita sesenta años después de la publicación del libro de Schopenhauer, permite precisar la cuestión. En Genealogía de la moral se lee "en los tiempos antiguos se sufría menos que ahora, aun cuando las condiciones de vida hayan sido más violentas y los castigos físicos más crueles". No se propone aquí una paradoja o un capricho conceptual, sino una puntualización ontológica: una definición de la sensibilidad moderna. A la personalidad que se corresponde con los siglos XIX y XX se la podría definir como "sentimental". Sentimental significa que durante el proceso de formación del carácter del hombre moderno no se le proporcionan herramientas internas aptas para reforzar su espiritualidad ante la perspectiva de desastres existenciales o de bombardeos en profundidad a su dote psíquica. No se crearon instituciones, contextos pedagógicos o lenguajes en común destinados a sostener a la personalidad en caso de tragedia o de vulneración subjetiva. De modo que los dilemas y problemas causados por la vida urbana, la jornada laboral o los desajustes familiares, descargados sobre el cuerpo y sobre una personalidad sentimentalizada, solo pueden ser insuficientemente "encajados" o digeridos, transformándose entonces en la nutrición del desaliento, el resentimiento o la depresión.

Espíritu y dolor, en otros tiempos, se encastraban en forma diferente. En el cosmos vital de los pueblos antiguos se permanecía en constante intimidad con el sufrimiento a la vez que la causa del mismo era identificada en un "afuera" nítidamente reconocible: invasores, poderosos, la ira de Dios. Hasta no hace demasiado tiempo, se disponía plenamente de una serie de tecnologías de la subjetividad destinadas a fortalecer el alma a fin de "pertrecharla" para el inevitable encuentro con el dolor. La disciplina de los guerreros o bien la ascética religiosa aprestaban la personalidad con el fin de que no se desoriente ni desespere en caso de que combatiente o creyente quedaran atrapados en territorio enemigo. La forja del carácter permitía "retomar control" sobre la vida descalabrada: la resistencia espiritual luego de lo inevitable, en aquellos tiempos, era considerada un bien. El cuerpo era el "paragolpes" del alma, pero el alma encajaba el impacto, regulaba la desesperación y administraba los estragos que la experiencia del cuerpo mortificado o humillado pudieran hacer infiltrar en el ánimo. La ascética religiosa, a su vez, consistía en una serie de técnicas espirituales destinadas a preparar al creyente para afianzarse ante la proximidad del peligro. Ellas promovían una cierta impasibilidad frente a las tentaciones, los infortunios o las peripecias: la "rueda de la fortuna" tanto puede favorecernos como sernos esquiva. O bien las tentaciones provocadas por el "demonio" acechan diariamente a la "carne". Se trata, entonces, de recuperar el control sobre el cuerpo "tentado", de arrepentirse, de volver a sí mismo, en definitiva, se trata de tener "poder sobre sí".

El síntoma subjetivo actual se revela en la voluntad de huir del dolor, que se corresponde con el temperamento adictivo de esta época. Esa fuga se vuelve desorganizada y contraproducente en tanto y en cuanto no se ha pertrechado al alma para administrar la experiencia del sufrimiento. Para que esta negligencia espiritual se hiciera posible fue necesario no establecer una amortiguación entre alma y cuerpo como lo hacían los antiguos: el cuerpo devino un valor mercantil de primera importancia, sea como fuerza de trabajo en al ámbito laboral o como apariencia en el mundo diplomático de las relaciones interpersonales, ya sea como mercancía carnal o como cuerpo performativo destinado a protagonizar todo tipo de trámites sociales. Sin embargo, se carece de defensas eficaces ante el sufrimiento. El cuerpo, en vez de servir de "escudo", recibe el impacto del dolor en todos sus poros a la vez, y la subjetividad dañada sólo puede aspirar a la ayuda que pueda ser proporcionada por asistentes tecnológicos. La mutación de significado sufrida por la palabra "confortación" hace más evidente el problema. Dos siglos atrás, consolar y amparar a una persona devastada por la tragedia o acongojada por un revés de fortuna suponía que otros estuvieran formados espiritualmente para asistirla, y toda una serie de tecnologías afectivas y espirituales obraban desde muy temprana edad a fin de dar forma al alma caritativa. Un siglo después, y en una línea de evolución que llega hasta la actualidad, la idea de "confortación" se vertió en la palabra "confort", que se refiere menos a una actitud espiritual que a una serie de comodidades domésticas o urbanas. La importancia del confort en la época moderna no debe ser minimizada, pues ha sido investido con la misión de resguardar a la personalidad de las inclemencias de la vida industrial y urbana, escenarios donde el sufrimiento opera como una suerte de "arma arrojadiza", destinada a cualquiera. Pues el dolor sólo culpa a uno mismo, en tanto se es incapaz de gestionar una subjetividad satisfactoria. Como la lucha por abrirse paso y acumular es la contraparte y copartícipe de la época sentimental, solamente el refugio de la intimidad permite eludir momentáneamente los mandatos despiadados de los procesos laborales o de la soledad, o del tedio, o del pas de deux en el que hay que vender la "apariencia". La tecnología ofrece confort a este ser asediado y le concede esparcimiento, excitación planificable y narcotización hogareña en un mundo inclemente. La costumbre y anhelo del confort asume la función que en una época anterior correspondía a las prácticas consolatorias, cuando al dolor se le ofrecía un sentido trascendental. En tanto la modernidad supone un tipo de vida que acopla cuerpo y máquina bajo exigencias equivalentes, el tipo caracterológico de ser humano que ha sido necesario definir y construir a fin de poner en marcha la maquinaria social tecnificada debió corresponderse, a la vez y en un mismo movimiento antinómico, tanto con el temperamento sentimental como con las intensas contradicciones en que se hacía ingresar a esos cuerpos comprables y vendibles, la carne de cañón de la sociedad industrial. Pero, en su época, la esencia de la confortación no residía en nada técnico. No podía ser sustituida por comodidades, entretenimientos, juguetes industriales o saberes científicos que presumen de su cientificidad. Era un movimiento del ánimo, no una cápsula blindada.

El potente inicio de la industrialización del mundo no sólo hizo proliferar al vapor y la electricidad; también a millones abandonados a la buena de Dios, es decir, del Mercado. En el siglo XX, esas multitudes serían insertadas masivamente en organismos de rango estadístico: sindicatos, empresas de seguros de vida, tarjetas de crédito, jubilación garantizada por el Estado, obras sociales, vacaciones pagas; o bien serían vinculadas orgánicamente con la industria farmacéutica, con terapias intensivas que prolongan artificialmente la vida o con hipotecas bancarias que proyectan una forma del habitar. Cuando ya no se hacen diferencias estratégicas y operativas entre alma y cuerpo, solo los "acolchonadores artificiales" permiten tolerar el contacto con el dolor. Los cuerpos que experimentaron la máquina de excitación urbana se "blindaban" a fin de eludir las experiencias vitales que podrían generar sufrimiento. Y cuando evitarlas se revelaba imposible, los placebos y amortiguadores que la evolución científico-técnica ofrecía eran el recurso más a mano. Esa es la causa de que la ideología del confort se transformara en el espacio de comprensión de la tecnología. Operaba a modo de pase mágico. Esta idea es propia de la sensibilidad actual, para la cual la casa es un "estuche" protector de la personalidad. Como pliegue personal, la privacidad protege o acomoda a la personalidad a lo largo de la "lucha por la existencia", y en sus dominios la tecnología se transforma en puerta de acceso al esparcimiento y en garantía de vida confortable, es decir, en "acolchonador" del sufrimiento. Los artefactos tecnológicos, especialmente los domésticos, deben ser considerados menos como aparatos funcionales que como organizadores "psicofísicos" de la existencia amenazada, como superficies somáticas que reorganizan la experiencia sensorial y psíquica.

 

Técnica

La asunción de que el cuerpo es la última y radical verdad de la existencia, y de que la satisfacción sensorial es un imperativo y no una opción, da forma a la idea actual de la felicidad. En ausencia de un ideal de bienaventuranza eterna, dos modos de conectar subjetividad y felicidad lo sustituyeron. Por un lado, la codicia y consecución de bienes. Como la energía y movimiento del capitalismo tienden a transformar cada vez mayores cantidades de bienes en mercancías intercambiables, también el cuerpo humano es arrastrado por la pasarela. La mercancía devino tasa de medida de las dosis de felicidad de que se dispone en un momento dado de la vida, y por eso deben ser sustituibles unas por otras, accesibles a cualquiera que disponga del dinero para adquirirlas y, además, presentadas a la mirada ávida de modo que posibilite imaginar experiencias equivalentes a las de un sueño idílico. El otro modelo de felicidad concierne a los placeres sensoriales, siempre sometidos a restricciones específicas. Las reglas de mesa, de urbanidad, de comportamiento "civilizado", de acercamiento y distancia espacial, de experimentación erótica, establecían fronteras e instrucciones de uso que devinieron en fuente de frustración, y que por su parte colisionaban contradictoriamente con los impulsos hedonistas que el propio capitalismo fomenta. Ahora, la demanda de mayores placeres para el cuerpo es pregnante, generando nuevas necesidades, conflictos psicológicos y políticos, industrias emergentes y un mayor escepticismo con respecto a la ascética "protestante". Las ansias de felicidad ya no están lanzadas hacia un eventual progreso civilizatorio, hacia las promesas de la política –rueca ovilladora de la comunidad–, o hacia la economía personal planificada y acumulativa. La exigencia de felicidad está cronometrada por el minutero, y entre sus consignas se cuentan la detención del deterioro corporal y de la extenuación cotidiana. Se diría que se intenta invisibilizar a la muerte. Justamente, la tecnología del siglo XX tuvo como misión impedir el desplome físico y emocional de la población. Los artefactos del confort doméstico, la mejora en el instrumental quirúrgico en los hospitales, el establecimiento de derechos laborales y jubilatorios por los estados benefactores, y el desarrollo de la industria del seguro personal son algunos de sus logros. Sin embargo, esos sostenes de la vida amenazada ya eran sucedáneos decididamente insuficientes para la década de 1960.

Como lógica consecuencia de la confianza que desde antes se depositó en la ciencia, ahora las industrias formateadoras del cuerpo absorben la expectativa de anulación del sufrimiento. Las utopías sociales del siglo XIX se propusieron eliminar, en lo posible, el dolor. La ciencia pretendió doblegar el poder de la naturaleza sobre la vida humana. El ejemplo más banal lo expone la consulta diaria al pronóstico del tiempo; y el más actual, la medición del grado de abertura del agujero de ozono. También las ciencias sociales –y la política– ambicionaron reducir el sufrimiento causado por el orden laboral y la desatención estatal. Dos pretensiones utópicas: reducción del poder del azar; reducción del rango de la injusticia social. Ambiciones que se abrían paso a fuerza de promesas. A medida que otras ilusiones de cura de la infelicidad de desvanecían (la política revolucionaria, el psicoanálisis, las filosofías existencialistas) las innovaciones científico-técnicas se volvían más y más esperadas, y también más "amigables", tanto más cuando se perdió el equilibrio entre los campos de acción posibles. Un rasgo central que diferencia al siglo XX de su inmediato anterior es el desfasaje abierto entre la técnica y la ética. La evolución de la tecnología es hoy mucho más rápida que las obras y las novedades producidas por el arte, la moral y la política. Se ha invertido la ecuación del siglo XIX. Entonces, la máquina de vapor, el tren, el telégrafo y el "Zeppelín" fueron considerados poco menos que frutos de una inagotable cornucopia mecánica. Sin embargo, las innovaciones estéticas y políticas eran, en el siglo XIX, mucho más veloces aún. Basta recordar que entre 1830 y 1905 el realismo, el impresionismo, el puntillismo, el simbolismo y el fauvismo, renovaron rápida y sucesivamente modos de ver. En el siglo XIX aparecen y se despliegan por Occidente el liberalismo, el sindicalismo, el antiesclavismo, el socialismo utópico, el republicanismo, el marxismo, la socialdemocracia, el nacionalismo, el anarquismo y el sufragismo feminista. El siglo XXI vive aún de la usura de los inventos políticos del siglo XIX. Pero en el siglo XX los saberes científicos y las innovaciones tecnológicas avanzaron a un paso mucho más acelerado, y la política, la ética e incluso el arte apenas pudieron seguir sus huellas. Por eso, la experiencia del confort sigue siendo el ideograma con que se tamiza la comprensión de la tecnología, en el espacio hogareño como en el laboral, tanto en lo que se refiere a nuestra consideración de las comodidades comunicacionales como a la inteligibilidad de los alimentos genéticamente modificados. Recurriendo a una vieja idea de Trotsky, se diría que el mundo experimenta actualmente una agudización del desarrollo desigual y combinado entre moral y técnica.

Una brecha tal promueve mutaciones en la imaginación. En las últimas décadas la imaginación tecnológica desplazó a la vez que fragmentó el vínculo entre colectividad y ciencia. La energía atómica y la conquista del espacio cedieron su privilegio a otra configuración organizada en torno a la informática y la biotecnología. Todavía hasta el final de la guerra fría la "bomba" atómica y el "cohete" lanzado al cielo eran los símbolos de época. La "llegada del hombre a la luna" consumó un trayecto largamente ambicionado, y hasta las potencias regionales menores pretendían enriquecer uranio a granel. El impulso que conducía a la investigación y producción de arsenales atómicos y de vehículos espaciales se potenciaba merced a ideas encarnadas en estados poderosos, y movilizaba la imaginación tecnológica mundial a favor o en contra de una de las dos mitades en que había sido repartido el planeta. Pero en 1967, por primera vez, el corazón de una mujer fue transplantado a un hombre que sobreviviría por poco tiempo. Veinte años después, las computadoras personales estarían esparcidas por todos los ámbitos de la acción humana. En el cruce de épocas se muestra la clausura de un tipo de imaginación motivada por la guerra y el inicio de nuevos vínculos entre cuerpo, ética y tecnología en la imaginación popular. Los transplantes de órganos y las cirugías estéticas, o bien el acceso a Internet, a diferencia de emprendimientos tan costosos y dirigidos estatalmente como la fabricación de bombas de hidrógeno o de cápsulas espaciales son experimentados a título de satisfacción personal. El viaje a la luna y la amenaza atómica total fueron los frutos de la guerra fría, del gigantismo social y de la competencia ideológica, pero el ansia actual de perfeccionamiento estético-tecnológico resulta ser un sueño banal, aunque el malestar que pretende apaciguar nada tenga de superficial.

Una costumbre bastante reciente expone el problema. Los transplantes de órganos eran, hasta una década atrás, complicados en ejecución, escasos en número, y demasiadas veces fatales en sus resultados. Eran tarea de pioneros, y cada logro conseguido, poco menos que una proeza. Quienes ofrecían sus cuerpos a la ciencia ingresaban al quirófano inevitablemente conscientes de su destino de rata de laboratorio, o de prototipo industrial. Fue a comienzos de los años noventa cuando nuevas generaciones de inmunodepresores permitieron alcanzar un grado mucho mayor de aceptación corporal del órgano injertado. Se había superado el problema de la "amortiguación". Desde entonces, aumenta la cantidad de intervenciones quirúrgicas, se abre el abanico de injertos a todo tipo de órganos, la investigación científica sobre el tema humea a toda velocidad, y la numerosa cantidad de casos exitosos hace que esos enroques no merezcan ya la tipografía de primera plana. Sin embargo, la oferta de donantes de órganos es insuficiente. La mayoría de los habitantes siguen siendo sepultados tal cual llegaron al mundo. No son pocas las tradiciones religiosas que prohiben alterar, ni en vida ni en la muerte, al cuerpo. Algunas religiones son tan estrictas que un mero tatuaje impide el ascenso al reino de los cielos. Las tradiciones atávicas y los temores encarnados acerca de la extirpación de partes de un todo corporal explican el resto del bajo porcentaje de la beneficencia carnal. Así las cosas, las listas de espera de órganos son ahora el equivalente del "pasillo de la muerte" de las cárceles norteamericanas. La coexistencia de medios técnicos que posibilitan la extensión de la vida y la escasez de órganos disponibles acentúan una paradoja. Pero el desfasaje no necesariamente conduce a la aceptación resignada. Se sabe que pudientes del primer mundo compran órganos a indigentes del tercero a fin de saltearse la lista de espera. Como las leyes sobre transplantes en los países "ricos" son duras y rigurosas, se viaja a los países de origen del "donante" con equipo médico incluido a fin de soslayar las molestas consecuencias de un acto ilegal y la precariedad sanitaria del subdesarrollo. Dada la posibilidad técnica de resolver un asunto de vida o muerte, la ética se vuelve una variable de ajuste. Una variable de ajuste económica. Son prácticas de las que poco se sabe aún pero a las que se sospecha extendidas. A su contraparte necesaria se la encuentra en la circulación de leyendas sobre el robo de órganos a personas, particularmente niños, del tercer mundo. No es un detalle menor que las personas en listas de espera de donantes, o bien sus familiares, probablemente deseen la muerte de otro ser humano. Es entendible e inevitable que estos sentimientos afloren. Como se dice en estos casos: es humano. Errar lo es también.

La insatisfacción existencial con respecto a la imperfección corporal es el irritador que más estimula la progresión del desfasaje. Pero la pregunta por los valores deseables exige hoy analizar en qué medida se trata al cuerpo como un objeto, como "algo" sobre lo cual es lícito intervenir técnicamente. Desvanecido o deslegitimado el orden sagrado que dio sentido a animaciones y padecimientos durante siglos y, más adelante, perdida la centralidad de que disfrutaron las filosofías de la historia y de la conciencia, el sentido del sufrimiento corporal y de la desdicha subjetiva quedó en suspenso, o mejor dicho, buscó un nuevo sostén, ya no aferrado primordialmente a la construcción o indagación de una "interioridad". La obsesión por la belleza, el cuerpo saludable, la postergación del envejecimiento, en fin, la aspiración fantasiosa a mantener a raya a la muerte indefinidamente, responde a causas hoy irresolubles. La sensación de futuro incierto, las presiones económicas y culturales y la intensa desprotección se descargan sobre el cuerpo, antes tratado como "fuerza de trabajo" y ahora obligado a dar pruebas continuas de su performatividad emocional. De allí que la metamorfosis de la cirugía reconstructiva de la piel en intervención estética exponga el desvío que va de un saber asociado al accidente laboral o a la herida de guerra hacia la sofisticación cosmética, así como la evolución que llevó del transplante de corazón y del implante del marcapasos al injerto de siliconas y el recetario de antidepresivos revele la mutación de la necesidad de sobrevivir en ansias de performatividad social. Si, por un lado, la articulación entre afán de belleza y tecnología quirúrgica evidencia los temores actuales a la carne corruptible y resulta un índice analizador del desarrollo desigual de las experiencias colectivas en cuestiones de tecnología y moral, por el otro revela la preocupante emergencia de "biomercados" y de incipientes disputas comerciales acerca de la "propiedad" del material genético. El capitalismo ya reclama, en sentido estricto, su "libra de carne".

 

Pornografia

Abundan tanto que ya no sorprende el rápido despliegue y exitosa implantación de las industrias del cuerpo. La farmacopea de la felicidad, las sucesivas generaciones de antidepresivos, las mareas de pornografía y los enclaves urbanos en los que se formatea el cuerpo son reveladoras de síntomas a la vez que experiencias bienvenidas. Su profusión adquiere sentido en sociedades altamente tecnificadas que promueven el valor de intercambio del cuerpo: cumplen tareas de amortiguación. El origen de estas industrias de la metamorfosis carnal puede ser rastreado en efectos no-previstos nutridos al rescoldo de las rebeliones de la década de 1960: la Guerra de Vietnam, la Revolución Cubana, las gestas del Che Guevara, las batallas por los derechos civiles de las minorías, la descolonización del África. Pero también fue época de desobediencias culturales cuya resonancia sería duradera, y que harían lugar al reclamo de experimentación en temas de libertad sexual, uso del cuerpo y placer cotidiano. Una vez que los programas políticos maximalistas de entonces se marchitaron o fueron absorbidos por agencias gubernamentales, quedó en pie, rampante y acuciante, la demanda de cambio de costumbres. El "juvenilismo" licuó a las filosofías de la historia, y huir del dolor se transformó en anhelo urgente.

Una opinión corriente supone que aquellas amplitudes libertarias condujeron al actual "libertinaje" y a una obscenidad pornográfica digna de emperadores romanos. Los voceros de la iglesia católica y de grupos conservadores peticionan por mayores restricciones al desenfreno. Otro discurso, aparentemente contrastante pero en verdad simétrico, enfatiza que el "libertinaje obsceno" es un efecto desagradable aunque disculpable causado por la ampliación de las libertades de elección, y promueve el uso responsable de la libertad en asuntos sexuales y equivalentes. Ambos comparten el eje alrededor del cual polemizan. El proceso puede ser invertido: como hace décadas que las costumbres se han vuelto obscenas, entonces se hace necesario un género específico que las represente. Ese género es la pornografía, y su evolución difícilmente sea comprendida si únicamente se presupone una época permisiva. La esencia de la pornografía no se evidencia tanto en el primer plano anatómico como en su promesa de felicidad perfecta. En tanto la demanda de goce se vuelve creciente y pregnante tanto más se hacen imprescindibles las ortopedias y amortiguaciones garantizadoras de placer. Se ha pasado de la relajación selectiva de los umbrales del pudor, que en la década de 1960 estuvo condensada en grupos juveniles, bohemios o de izquierda, a una amplia porosidad que desdibuja los tabúes establecidos sobre el uso del cuerpo.

Tradicionalmente, el diferenciador social por excelencia era el dinero, a su vez reemplazo del honor estamental. En una coordenada vertical en la que eran arrojados todos los recién nacidos, la posesión o desposesión de riqueza regía el destino. Quien disponía de fortuna, pasaba por la vida pertrechado de placeres y comodidad. Quienes subsistían en la parte inferior de la coordenada sólo podían esperar, luego de una lucha intensa y de resultado incierto en el campo de batalla definido por la economía, ascender unos escalones de la pirámide. Pero en los últimos cuarenta años otra coordenada que recién comienza a desplegarse inserta a las personas en otro diferenciador social, que cruza al anterior: la coordenada que contiene valores definidos por la belleza y el cuerpo joven. Quien dispone de esos atributos y de un mínimo de audacia puede ascender socialmente con inusitada celeridad, posibilidad que antes estaba sometida a variadas restricciones. El mundo de la prostitución de lujo podría ser considerado laboratorio que apuntala y extiende esta coordenada. Pero quien está ubicado en el otro extremo de esta nueva coordenada, y mucho más si carece de otros recursos, se encuentra sometido a intensas presiones que sólo pueden agravar su malestar existencial. Pero justamente las industrias del cuerpo se dedican a compensar la posición desfavorecida de quienes están ubicados en el extremo débil de la nueva coordenada. Antidepresivo, viagra, cirugía estética, turismo sexual, diagnóstico de preimplantación seguido de anhelos de remodelación de la dote genética de quien aún no ha nacido: tales son las ofertas actuales de amortiguación del sufrimiento. Flujos de capital se encuentran con flujos libidinales sobre una mesa de disección del cuerpo.

La pornografía es un género, antes literario y ahora audiovisual e informático, que ha recorrido una larga marcha: de la vieja literatura "sicalíptica" destinada a ser leída en retretes a la fotografía y peep-show en blanco y negro a la revista arropada en celofán en kioscos al video alquilado o comprado por correspondencia a los canales codificados de televisión paga a los sitios gratis proliferantes en la red informática. La emancipación de la pornografía no fue obra de sus aficionados sino de la necesidad colectiva de identificar un género que diera cuenta de nuevas experiencias y expectativas sensoriales. Y la esencia de este género se condensa en un mensaje de felicidad compartida. Habitualmente, y si se dejan de lado algunos extremos criminales, los personajes que muestra la pornografía son felices, o más bien, a todos se les garantiza el derecho igualitario al orgasmo. Sin distinción de sexos, razas, clases sociales. Más específicamente, la pornografía puede ser englobada en un género mayor, al cual podemos llamar "idílico". En la tradición del idilio, el vínculo entre los enamorados, o entre un héroe popular y sus seguidores, no podía ser amenazado por ninguna peripecia, por ningún conflicto interno. Curiosamente, la pornografía comparte esta ambición armónica con los programas infantiles, en los cuales el conflicto está prohibido, o bien con las antiguas visiones del jardín del Edén. Sin embargo, la mayor parte de la población mundial carece de acceso a la pornografía, o bien intima con ella en dosis poco significativas. Millones son interpelados de un modo indirecto por ese género antes vituperado y ahora motivo de atracción. La pornografía se presenta en sociedad promoviendo una curvatura, haciendo presión sobre costumbres y expectativas sociales: sobre la dieta alimenticia, el trabajo de gimnasio, el consumo de apliques eróticos, el diseño de moda y sobre otros géneros mediáticos, en cuyos bordes proliferan decenas de industrias para un mercado emergente: del sex-shop a la cirugía estética, de la liposucción a la prostitución de lujo, del rastreo biotecnológico de los genes del placer a la selección de promotoras, de la autoproducción de la apariencia para el orden laboral o para animar fiestas de quinceañeras. El etcétera es largo; y las molestias e inconvenientes que estas gimnasias suponen son sobrellevadas porque se las percibe como sufrimientos dotados de sentido. Desde 1960, cuando se lanzó al mercado la píldora anticonceptiva, esas industrias han tomado al cuerpo de la mujer como campo estratégico de experimentación, y quizás como efecto del proceso ahora la curvatura pornográfica intima preferentemente con la imaginación erótica femenina. Pronto llega el momento en que el orden masculino demandará amparo a fin de eludir la calamidad subjetiva. Así como el proyecto "genoma humano" pretende alcanzar la última e infinitesimal célula del cuerpo humano, así la pornografía indaga los confines de las nervaduras del placer. En ambos casos, se promete felicidad garantizada: descubrir y anular el gen de la gordura o la calvicie; actualizar y perfeccionar el kamasutra.

Una serie de acontecimientos brotados en torno de las rebeliones subjetivas de la década de 1960 hacen confluir a la informática y la biotecnología con demandas acuciantes de felicidad. Placer, sufrimiento, políticas de la vida y tecnología se constituyen en las piezas de una maquina social aún no ensamblada del todo. No sólo la "libertad de cátedra" sino también la "curvatura pornográfica" y la necesidad de "acolchonamiento subjetivo" ante la intemperie del mundo movilizan la investigación y producción de prótesis biotecnológicas. Las consecuencias de esas presiones recaen sobre distintas instituciones y costumbres. A modo de ejemplo: algunas innovaciones jurídicas de los últimos años promovidas por problemas de coexistencia en ciertos espacios se vinculan a esa presión, entre ellas, las figuras jurídicas del acoso sexual en el orden laboral. El crecimiento de la casuística y regulación judicial no sólo lanza amarras hacia la voluntad política y cultural del feminismo por evidenciar ultrajes de vieja data y por resguardar a la víctima; también hacia la promoción de una logística amortiguadora de los estragos subjetivos que la curvatura pornográfica descarga sobre "espacios cerrados". Próximamente seremos informados de normativas regulatorias del turismo sexual europeo y norteamericano a los países del tercer mundo. Por el momento, esa práctica disfruta de los beneficios propios de los períodos de emergencia de una "industria salvaje".

La voluntad de huir del dolor y la producción seriada de amortiguación tecnológica son clima y símbolo de los tiempos. Sólo cuando la ola se retire, el inventario de la resaca acumulada revelará si se trataba del umbral de un terreno ontológico en el cual se formatea una nueva configuración del ser humano, o si estas prevenciones conceptuales han sido un ejercicio alarmista e inútil. Lo que parece incontestable es el marchitamiento de los proyectos políticos de subjetivación de índole existencialista. La meditación moral sobre la relación entre técnica y sufrimiento sólo puede abrirse espacio en un mundo que considere que la "interioridad", el cuidado del alma, el cultivo de la curiosidad, la forja de la conciencia y el ideal del "conócete y ayúdate a ti mismo" sean vigorizadoras de la idea colectiva de dignidad. Pero difícilmente en un mundo en donde cada persona prefiere sostenerse a base de píldoras, implantes y emparches. Son formas de apuntalar el laberinto, más que al minotauro. Y si bien esas fórmulas y apuestas han probado ser eficaces, no dejan de estar amenazadas por el plazo fijo. Que todos soñemos con salir indemnes de nuestro paso por la existencia es comprensible. Pero al despertar de esta ilusión Arthur Schopenhauer la llamaba "dolor".

Donarse uno mismo por Christian Ferrer

 

Tenemos el gusto y honor de recibir a nuestro amigo Christian Ferrer.

 

El escritor y ensayista del anarquismo.

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DONARSE UNO MISMO

Christian Ferrer

Cuarenta años han transcurrido desde que el Doctor Christian Barnard implantara exitosamente el corazón de una mujer negra en el tórax de un hombre blanco. Desde entonces, el cuerpo, que por mucho tiempo fuera relicario inmutable, devino en naturaleza apta para la remoción y el ensamblaje: en laboratorio. La inédita posibilidad de mantener la muerte a raya mediante enroques orgánicos no se instaló de inmediato, pues hasta tanto no se resolvió el problema del rechazo corporal al injerto las operaciones de este tipo fueron complicadas en ejecución y no siempre felices sus resultados. Cada logro merecía la primera plana y el paciente asumía ser poco menos que un cobayo de indias, o bien un prototipo del futuro. Fueron las nuevas generaciones de inmunodepresores las que permitieron superar la "crisis de amortiguación" y pronto el cuerpo se abrió a un catálogo de recambios.

¿La muerte dejó de ser del todo cierta y su hora ya no es incierta? No ocurre así, pues la oferta de órganos resulta ser escasa con relación a la demanda. Entre religiones que prohiben alterar la encarnación –tanto en vida como luego del suspiro final– y recelos atávicos a ser extirpados ante la última morada, la beneficencia carnal resulta insuficiente. La paradoja se vuelve apremiante: coexisten un medio técnico que facilita la extensión de la vida y un déficit moral, no solo en lo que concierne a la voluntad de donación sino también en cuanto a los valores que la orientan. La tecno-ciencia es veloz pero la ética no suele correr maratones: se sabe que no todos se resignan a la lista de espera y que numerosos ricos del primer mundo compran órganos a indigentes del tercero. Ante la posibilidad técnica de resolver un asunto de vida o muerte, la moral se vuelve una variable de ajuste, y se carece de lazarillos políticos y religiosos de peso capaces de cimentar una ética colectiva que no se adecue a la época de la deslimitación tecnológica. De modo que abundan las leyendas acerca del "robo de órganos", y las personas en riesgo, o bien sus familiares, inevitablemente anhelan el desenlace fatal de algún donante. Lo último es entendible –es humano– pero no es bueno.

Para colmar este drama, una insensatez está prosperado en el Parlamento, a saber, la sanción de una ley que transforma a todo argentino en un banco de órganos en potencia, salvo que demuestre lo contrario. Es ineludible que los pobres y los desidiosos acaben siendo donantes forzosos y que el mito de la ablación privada a indigentes del tercer mundo devenga una realidad a realizarse bajo supervisión estatal. Pero si el transplante supone una proeza técnica, la donación de un órgano es un acto que responde a una índole muy distinta. Su dignidad, también. El donar es un gesto que pertenece al orden amoroso. No es limosna resignada ni obligación burocrática sino un ademán de desasimiento final del mundo; una decisión liberadora por la cual el propio cuerpo transmigra una vez que el donante se ha visto reflejado en el otro con tanta evidencia que ya no es capaz de percibir sino un mismo y único envoltorio de piel. Una sola humanidad. Negar el yo egoísta, y de este modo fundirse en otra carne es un acto piadoso. En este caso, dar es agradecer por haber sido parte de un archipiélago de seres que han compartido el mismo mundo, y demasiadas veces arrastrado la misma cruz.

Transformar, por obligación, a los órganos divisibles de cada persona en dote individual a ser legada por fuerza de ley significa sustraerles su pertenencia a la comunidad. Es a ella que los habitantes podrían decidir ofrendar libremente sus delicados e irrecuperables riñones o hígados u ojos –obsequios milagrosos más que repuestos– a modo de transferencias espirituales. Una metempsicosis social. En el siglo XIX, la dirección del enorme y presuroso alud de desarrollos científicos y tecnológicos era guiado por la aún más rauda creatividad de las ideas y prácticas políticas y éticas, al menos en Occidente. La ecuación se ha invertido en nuestros días, y el dinero y la presión estatal ya son fieles de la balanza. Pero el corazón se traspasa al corazón porque el otro nos ha concernido, no porque una innovación tecnológica así lo permite. Entregarse incondicionalmente a la necesidad ajena es equivalente a tener el corazón abierto de par en par a los demás. En cambio, la sanción parlamentaria de una ley del donante presunto presupone el fracaso espiritual de una comunidad.