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Marcuse y la utopia

¿Una civilización no represiva?

por Herbert Marcuse
La sola idea de una civilización no represiva, concebida como posibilidad
real en la civilización establecida en el momento actual, parece frívola.
Inclusive si uno admite esta posibilidad en un terreno teórico, como
consecuencia de los logros de la ciencia y la técnica, debe tener en cuenta
el hecho de que estos mismos logros están siendo usados para el propósito
contrario, o sea: para servir los intereses de la dominación continua. Las
formas de dominación han cambiado: han llegado a ser cada vez más técnicas,
productivas, e inclusive benéficas; consecuentemente, en las zonas más
avanzadas de la sociedad industrial, la gente ha sido coordinada y
reconciliada con el sistema de dominación hasta un grado imprecedente.

Pero, al mismo tiempo, las capacidades de esta sociedad y la necesidad de
una productividad aún mayor engendran fuerzas que parecen minar los
fundamentos del sistema. Estas fuerzas explosivas encuentran su más clara
manifestación en la automatización. La automatización amenaza con hacer
posible la inversión de la relación entre el tiempo libre y el tiempo de
trabajo, sobre la que descansa la civilización establecida, creando la
posibilidad de que el tiempo de trabajo llegue a ser marginal y el tiempo
libre llegue a ser tiempo completo. El resultado sería una radical
tergiversación de valores y un modo de vivir incompatible con la cultura
tradicional. La sociedad industrial avanzada está en permanente movilización
contra esta posibilidad.

Así, el concepto de una forma de viv! ir no represiva ha sido invocado en
este libro para mostrar que la tra nsición a un nuevo estado de
civilización, que las posibilidades de la época actual sugiere, puede
implicar la subversión de la cultura tradicional, tanto en el aspecto
intelectual como en el material, incluyendo la liberación de las necesidades
y satisfacciones instintivas que hasta ahora han permanecido como tabús y
han sido reprimidas. Mi hipótesis ha sido sometida a malas interpretaciones;
la más seria de ellas se refiere a los cambios y precondiciones necesarios
para el nacimiento de esa nueva etapa.

Subrayé desde el principio de mi libro que, en el período contemporáneo, las
categorías psicológicas han llegado a ser categorías políticas hasta el
grado en que la psique privada, individual, llega a ser el receptáculo más o
menos voluntario de las aspiraciones, sentimientos, impulsos y
satisfacciones socialmente deseables y necesarios. ! El individuo, y con él
los derechos y libertades individuales, es algo que todavía tiene que ser
creado, y que puede ser creado sólo mediante el desarrollo de relaciones e
instituciones sociales cualitativamente diferentes. Una existencia no
represiva en la que el tiempo de trabajo (por tanto, la fatiga) se reduce al
mínimo y el tiempo libre es liberado de todas las ocupaciones activas y
pasivas del ocio impuestas sobre él en interés de la dominación, si es que
puede ser posible, puede serlo sólo como resultado de un cambio social
cualitativo. Sin embargo, las conclusiones de esta posibilidad, y la radical
tergiversación de valores que exige, debe guiar la dirección de tal cambio
desde el principio y debe ser eficaz inclusive en la construcción de las
bases técnicas y materiales. Sólo en este sentido la idea de una gradual
abolición de la represión es el a priori del cam! bio social -en todos los
demás aspectos, sólo puede ser la consecuencia.

Con toda seguridad, uno puede practicar la no represión dentro del marco de
la sociedad establecida: desde la mímica de vestirse y desvestirse hasta la
vasta parafernalia de la vida activa o pasiva. Pero en la sociedad
establecida, este tipo de protesta se convierte en un medio de
estabilización e inclusive de conformismo, no sólo porque no toca las raíces
del mal, sino porque contribuye a demostrar la existencia de las libertades
personales que son practicables dentro del marco de la opresión general. Que
estas libertades privadas sean practicables todavía y se practiquen es
bueno; sin embargo, la servidumbre general les da un contenido regresivo.
Antiguamente, la liberación de la represión era, dentro de condiciones
normales, el privilegio exclusivo de una pequeña clase superior; bajo
condiciones excepcionales, también le era permitida a los estratos menos
privi! legiados de la población y era asumida por éstos. En contraste, la
sociedad industrial avanzada democratiza la liberación de la represión -una
compensación que sirve para fortalecer al gobierno que la permite y a las
instituciones que administran la compensación.

Propongo en este libro la noción de una «sublimación no represiva»: los
impulsos sexuales, sin perder su energía erótica trascienden su objeto
inmediato y erotizan las relaciones normalmente no eróticas y antieróticas
entre los individuos y entre ellos y su medio ambiente. En un sentido
opuesto, uno puede hablar de una «desublimación represiva»; liberación de la
sexualidad en modos y formas que reducen y debilitan! la energía erótica.
También en este proceso la s exualidad se extiende sobre dimensiones y
relaciones antiguamente prohibidas. Sin embargo, en lugar de recrear estas
dimensiones y relaciones de acuerdo con la imagen del principio del placer,
la tendencia opuesta se afirma: el principio de la realidad extiende su
abrazo sobre Eros. La más clara ilustración de este hecho nos la proporciona
la metódica introducción de la sexualidad en los negocios, la política, la
propaganda, etc. El grado en que la sexualidad alcanza un definitivo valor
en las ventas o llega a ser un signo de prestigio y de que se respetan las
reglas del juego, determina su transformación en un instrumento de la
cohesión social. El acento en este terreno familiar puede de terminar la
profundidad del abismo que separa inclusive a las meras posibilidades de
liberación del estado de cosas establecido.

Si hay alguna manera en la que la aparición de estas posibilidades puede
anuncia! rse a sí misma antes de la liberación, será por medio de un aumento
antes que de un descenso de la represión: al contenerse la desublimación
represiva. La última tiene un aspecto particularmente regresivo: la feroz y
a menudo metódica y consciente separación de la esfera instintiva de la
intelectual, del placer del pensamiento. Es una de las más horribles formas
de enajenación impuestas al individuo por su sociedad y «espontáneamente»
reproducida por el individuo como una necesidad y satisfacción propias.
Lejos de justificar esta clase de separación, el concepto de la sublimación
de Freud considera a las llamadas altas aspiraciones del hombre susceptibles
de realizar el principio del placer -aunque esa realización presupone, en
último análisis, un cambio cualitativo en el principio de la realidad
establecido. Consecuentemente, la liberació! ;n instintiva abarca la
liberación intelectual, tanto má s cuanto que la lucha contra la libertad de
pensamiento e imaginación ha sido convertida en un poderoso instrumento del
totalitarismo, tanto el democrático como el autoritario. La desublimación
represiva acompaña a las tendencias contemporáneas hacia la introducción de
totalitarismo en los negocios cotidianos y los ocios del hombre, en su
trabajo y en su placer. Se manifiesta a sí misma en todos los múltiples
aspectos de las formas de diversión, de descanso, y está acompañada por los
métodos de destrucción de la vida privada, el desprecio por la forma, la
incapacidad para tolerar el silencio, la orgullosa exhibición de la crudeza
y la brutalidad. Todo esto es liberación de la represión, liberación del
cuerpo de las depravaciones del trabajo -es incluso liberación de un cuerpo
sensual hasta cierto punto, que goza de los logros de la higiene físi! ca y
la ropa agradable. Pero es, a pesar de todo, la liberación de un cuerpo
reprimido, que actúa como instrumento de trabajo y de diversión en una
sociedad que está organizada contra su liberación.

He acentuado suficientemente (y quizás ilícitamente) los aspectos
progresivos y prometedores de este desarrollo para tener el derecho de
insistir en los negativos. Los sucesos de los últimos años refutan todo
optimismo. Las inmensas posibilidades de la sociedad industrial avanzada son
movilizadas cada vez más contra la utilización de sus propios recursos para
la pacificación de la existencia humana. Toda conversación acerca de la
abolición de la represión, acerca de la vida contra la muerte, etc., tiene
que colocarse dentro del marco actual de esclavitud y destrucción. Dentro de
este marco, incluso las libertades y gratificaciones del individuo parti!
cipan de la supresión general. Su liberación, instintiva tanto como
intelectual, es un problema político; y una teoría de los cambios y
precondiciones necesarios para realizar esta liberación tiene que ser una
teoría del cambio social.

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Prólogo a la edición de Vintage de Eros y civilización, en Psicoanálisis y
política, Península, Barcelona 1969, p.149-155.

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Herbert Marcuse
(1898-1979)

Filósofo alemán nacionalizado norteamericano. Nació en Berlín en el seno de
una familia judía burguesa. Ya de joven adoptó posiciones políticas de
izquierda, q! ue le llevaron a simpatizar con el movimiento socialdemócrata
alemán, pero en 1920, después de la ejecución de Rosa Luxemburgo y del
fracaso de la revolución espartaquista, abandonó desilusionado Berlín y dejó
de participar de manera directa en la actividad política. Marchó a Friburgo
para estudiar con Heidegger, cuyo pensamiento, junto con la fenomenología
husserliana, la filosofía de la historia y de la vida de Dilthey, el
marxismo y el pensamiento de Hegel, fueron sus grandes influencias
iniciales.

En su primera etapa intentó una conciliación de los pensamientos de Hegel y
de Heidegger. Este último fue quien dirigió su tesis doctoral que publicó en
1932 con el título La ontología de Hegel y la teoría de la historicidac4 en
la que creyó encontrar una anticipación de la noción heideggeriana de hi!
storicidad en la doctrina de Hegel sobre el ser. Intentó, adem& aacute;s, la
conciliación de esta línea de pensamiento con las tesis de Marx. Interesado
por la investigación de los fundamentos de una teoría social, en el mismo
año fundó, junto con Adorno, Horkheimer y Benjamin, la llamada Escuela de
Francfort. Al año siguiente, debido a la ascensión de los nazis al poder, se
exilió y finalmente se estableció de forma definitiva en los EE.UU., donde
ejerció como profesor en las universidades de Columbia, Harvard, Boston y
San Diego.

En su etapa americana reanudó y profundizó su interés por el psicoanálisis
de Freud del que toma especialmente los conceptos de sublimación, represión,
principio del placer y principio de realidad, para integrarlos con los
conceptos marxistas de alienación, fetichismo de la mercancía y explotación.
De esta manera, su pensamiento puede encuadrarse dentro ! del llamado
freudomarxismo, (aunque reprocha al neo-psicoanálisis de autores como E.
Fromm, K. Horney o H.S. Sullivan, el abandono de los aspectos potencialmente
subversivos del psicoanálisis, al que acusa de constituirse en instrumento
de integración de los individuos en una sociedad represiva). Ciertamente no
parecía fácil una conciliación de las posiciones de Marx y las de Freud,
quien había señalado el carácter represor de la cultura. El debate entre las
concepciones de ambos autores, que data de los años veinte, ya había
suscitado un amplio movimiento teórico, del que Wilhelm Reich era uno de los
abanderados, en el sentido de afirmar que la auténtica emancipación social
debía pasar por una revolución no sólo social, sino también sexual. Marcuse,
en su obra Eros y civilización (1955) hace una reinterpretación de El
malestar en la cu! ltura de Freud, y un estudio de las causas de la
represión soci al y sexual, e intenta teorizar las condiciones de una
sociedad y una cultura no represivas.

Si bien es cierto que Freud había señalado que es necesaria una cierta
«represión» de la libido para que pueda triunfar el «principio de realidad»,
y había indicado entre los mecanismos de la cultura la tensión entre las
pulsiones de Eros y Thánatos, orientada hacia la formación represora de la
cultura (que, como dice Freud, no tiene la felicidad como uno de sus
valores), también es cierto que el mismo Freud había señalado aspectos
contradictorios en el mismo Eros, y aspectos positivos en la sublimación.
Respecto a ello, Marcuse indica que los aspectos mas destructivos de la
represión se dan en las sociedades especialmente opresoras, y señala que en
las modernas sociedades industriales de consumo, se añade una sobre
represión, que es fruto de la u! nión de la represión del principio de
realidad con la del principio de rendimiento que está en la base de las
sociedades capitalistas. Por otra parte, por esta época, Marcuse se enfrentó
también con el marxismo soviético, ya que también éste se convirtió en
instrumento al servicio de una sociedad represiva burocrática y totalitaria.
De hecho, sustentaba Marcuse, las sociedades basadas en el modelo soviético
también desarrollaron características represivas, pero aunadas al cinismo
con el que intentaron enmascarar la explotación. No obstante, es en las
sociedades capitalistas más desarrolladas donde aquella sobrerrepresión se
convierte en más eficaz por estar completamente enmascarada y mistificar la
conciencia de los hombres.

Así, se produce una aparente paradoja, de forma que Marcuse, máximo
abanderado de la revoluci&! oacute;n sexual y de una sexualidad polimorfa,
arremete en contra de l a pretendida liberalización de las costumbres que se
produjo en las sociedades capitalistas más desarrolladas, que lejos de
conducir a una mayor libertad, ha sido completamente integrada por el
sistema y la ha puesto a su servicio, convirtiendo la misma sexualidad en
objeto de consumo. El hombre de la sociedad capitalista «avanzada»,
obnubilado por un consumo sin freno y por una falsa liberalización de las
costumbres, pierde todo sentido crítico, se convierte en un hombre
unidimensional, integrándose más y más en el sistema. Incluso el
proletariado industrial, el supuesto sujeto revolucionario, según el
marxismo, ha llegado a perder este carácter y ha sido integrado en el
sistema capitalista, comprado por el espejismo del falso bienestar ofrecido
por el consumismo. Ante esta generalización de la alienación y de la
unidimensionalizaciónde los hombres, es preciso, según Marcu! se, a la vez
una reivindicación y una reinterpretación del pensamiento de Marx: mantener
su capacidad crítica, pero replantear ésta crítica no tanto desde la
concepción marxista clásica de la alienación del trabajo, sino a partir de
la felicidad total del ser humano. Se trata, según Marcuse, de añadir al
marxismo la dimensión de lo lúdico, de la alegría, del erotismo y de la
eudaimonía en el sentido más amplio.

Puesto que la explotación capitalista se mantiene, pero las formas de
dominación se han hecho más sutiles, y el sistema ha llegado incluso a
obtener el consentimiento de los explotados (ya que la manipulación de las
necesidades y los deseos que realiza el sistema llega incluso hasta el
pensamiento mismo), Marcuse considera que solamente las capas más marginales
de la sociedad (el lumpenproletariado) y, especial! mente, los jóvenes,
pueden constituirse en los nuevos sujetos r evolucionarios. Esta lucha
contra la falsa conciencia y la alienación debe llevarse a cabo en todos los
terrenos. Acabar con la sobrerrepresión y realizar la tarea de la auténtica
emancipación de la humanidad, supone una auténtica subversión total de todas
las estructuras sociales, especialmente de las propias de la organización
del trabajo, al modo como ya lo habían planteado ciertos autores del llamado
«socialismo utópico» (como Fourier, por ejemplo), pero aún de forma más
radical.

Durante los años sesenta el pensamiento de Marcuse se convirtió en el
inspirador de la llamada «nueva izquierda», tanto americana como europea, y
su pensamiento se constituyó en uno de los núcleos protagonistas de las
revueltas estudiantiles de 1968, especialmente del «mayo francés».

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